Algo que caracteriza a los gatos es que, en su origen, ellos eran presas además de depredadores. Además, debido a su carácter solitario y territorial, demostrar cualquier tipo de debilidad o incapacidad supone la diferencia entre la vida y la muerte. Es por ello por lo que, en su historia, no han desarrollado una forma visible por la que reconozcamos una dolencia y no detectamos un problema hasta que ya está muy avanzado.

A esto hay que añadir, que el lenguaje felino es algo más sutil y tiende a no conocerse demasiado, aunque los veamos a diario en consulta o, incluso, en nuestra casa. En el caso del dolor, son ligeros cambios de expresión, confundibles con los efectos de los medicamentos que les administramos, los que nos van a indicar si le duele o no, y su escala.

Dolor

En primer lugar, debemos saber que el dolor es una sensación aversiva que se asocia con un daño en el organismo. Aunque depende del tipo de dolor que sea, por lo general esta sensación desencadenará una serie de comportamientos que harán que éste se evite y se ponga a salvo, es decir, una respuesta adaptativa.

Otro tipo de dolor es el derivado de una respuesta inflamatoria o visceral, que se suele mantener en el tiempo y, en caso de los gatos el más enmascarable y difícil de detectar. Muchas veces solo es detectable por parte del propietario por ligeros cambios en el comportamiento.

Cómo detectarlo

Aunque tenemos a nuestra disposición varias escalas visuales en los que podemos detectar estos cambios. El primer paso es saber verlo en casa, en el que lo veremos por ligeros cambios en el comportamiento como:

  • Apatía: suelen esconderse, duermen durante más tiempo, rehúyen el contacto con nosotros por que adelantan que les puede causar dolor y, más importante, se sienten indefensos.
  • Pérdida de apetito: Dejan de comer o tienen un apetito más caprichoso. También se puede dar un efecto paradójico, y es que comen más por el estrés que les causa dicho dolor.
  • Perdida de las rutinas: Pueden tender a hacer una vida más nocturna cuando antes no lo hacían, puesto en la oscuridad o por la noche hay menos actividad y se sienten más seguros.
  • Perdida de patrones de autocuidado: Dejan de acicalarse y su pelo se ve lacio y descuidado.
  • Agresividad: Cuando el dolor es crónico o se alarga en el tiempo, todo ese estrés puede llegar a desencadenar en un ataque o en que se vuelva “arisco”.

Detección en clínica

Detectar de forma objetiva el dolor en los gatos que están hospitalizados no es tarea fácil. Debemos incluir en nuestra exploración rutinarias ciertas comprobaciones y saber cuando estas nos indican dolor como:

  • Frecuencia respiratoria y/o cardiaca elevada
  • Presiones arteriales elevadas
  • Palpación del abdomen en la que el gato vocaliza, se encoge o lo pone en tabla
  • Palpación de la zona afectada, como por ejemplo heridas o incisiones quirúrgicas, y observación de su comportamiento.
  • Anorexia, decaimiento o inmovilidad.

Como veis la gran mayoría de ellas pueden aquejarse a estrés, miedo, agresividad o apatía solo por el mero hecho de estar hospitalizados.

Actualmente, tenemos a disposición varias escalas de valoración del dolor respaldadas por diferentes estudios y proporcionadas por centros de prestigio. Estas escalas están basadas en ligeros cambios de expresión facial, entre otras, que se ha demostrado que los gatos cambian en función del grado de dolor como son:

  • Posición de las orejas ligeramente caídas hacia los lados
  • Posición de los ojos con un ligero achinamiento y la mirada mas o menos perdida, con retraimiento o no del tercer parpado.
  • Posición de los bigotes, ligeramente encogidos en una impresión de tensión o sonrisa.

Estas escalas de dolor pueden ser encontradas en las respectivas webs de los centros y son:

  • La escala “Feline Grimace Scale”
  • La UNESP-Botucatu Multidimensional Composite Pain Scale for assessing postoperative pain in cats.
  • La escala de Glasgow para dolor agudo en gatos.